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viernes, noviembre 18, 2011

Joseph Stiglitz: Del 1%, por el 1%, para el 1%

En la entrada anterior publiqué un artículo de Joseph Stiglitz para Project Syndicate titulado "La globalización de la protesta". Allí el economista norteamericano hacía referencia al creciente movimiento de protestas a nivel mundial, englobando en esta categoría a los artífices de la denominada "primavera árabe", a los "indignados" españoles y al muy activo -por estos días- "Occupy Wall Street".

Stiglitz conectó una de las cortas, mordaces y enérgicas frases de los protestantes ("Somos el 99%") con un artículo de su autoría ("Of the 1%, by the 1%, for the 1%", título cuya versión en español da nombre a esta entrada) publicado en la revista Vanity Fair en mayo de este año.

Por el interés que generó en mí el primero de los artículos mencionados (hasta el punto de publicarlo aquí y de dar inicio, junto con él, a dos nuevas etiquetas, dedicadas a Stiglitz y a Project Syndicate), me animé a buscar una versión del artículo en castellano. Helo aquí:

Es inútil pretender que lo que ha sucedido, obviamente, no ha ocurrido en realidad. La parte superior del 1% de los estadounidenses recibe casi una cuarta parte de la renta de la nación cada año. Si hablamos de riqueza en vez de renta, el 1% de la población detenta el 40 por ciento de la riqueza. Su suerte en la vida ha mejorado considerablemente. Hace veinticinco años, las cifras correspondientes fueron del 12% y el 33%. Una respuesta podría ser celebrar el ingenio y la suerte que tienen estas personas, que afirman que cuando sube la marea suben todos los barcos. Pero la respuesta estaría equivocada. Mientras que el 1% han visto como sus ingresos aumentan en un 18% en la última década, la clase media ha visto disminuir sus ingresos. Para los hombres que sólo han llegado a un nivel de enseñanza de secundaria, el descenso ha sido precipitado -el 12% en sólo el último cuarto de siglo. Todo el crecimiento en las últimas décadas -y más- se lo han quedado los de arriba. En cuanto a la igualdad de ingresos, América va a la zaga de cualquier país en la vieja, anquilosada Europa de la que el Presidente George W. Bush solía burlarse. Nuestros colegas más cercanos son Rusia con sus oligarcas, e Irán. Mientras muchos de los antiguos polos de desigualdad en América Latina, como Brasil, han estado luchando en los últimos años, con bastante éxito, para mejorar la situación de los pobres y reducir las brechas en los ingresos, Estados Unidos ha permitido que la desigualdad vaya en aumento.

Los economistas hace mucho tiempo que justifican las enormes desigualdades que parecían tan preocupantes a mediados de siglo XIX, unas desigualdades que no fueron sino una pálida sombra de lo que estamos viendo en América hoy. La justificación que se les ocurrió fue llamada “teoría de la productividad marginal.” En pocas palabras, esta teoría justifica el aumento de los ingresos asociándolos a una mayor productividad y a una mayor contribución a la sociedad. Es una teoría que siempre ha sido apreciada por los ricos. La evidencia de su validez, sin embargo, sigue siendo muy delgada. Los ejecutivos de las empresas que ayudaron a provocar la recesión de los últimos tres años, cuya contribución a nuestra sociedad, así como a sus propias empresas, ha sido masivamente negativa, pasó a recibir grandes bonos. En algunos casos, las empresas estaban tan avergonzadas de llamar “premios” a estos “bonos de ejecución” que les cambiaron el nombre por el de “bonos de retención” (incluso si lo único que ha habido es una “mala ejecución”). Aquellos que han contribuido con grandes innovaciones positivas para nuestra sociedad, desde los pioneros de la investigación genética a los pioneros de la era de la información, han recibido una miseria en comparación con los responsables de las innovaciones financieras que llevaron a la economía global al borde de la ruina.

Algunas personas se dan cuenta de la desigualdad de ingresos y se encogen de hombros. ¿Y qué, si esta persona gana y pierde esa otra persona? Lo que importa, dicen, no es cómo el pastel se divide, sino el tamaño del pastel. Este argumento es fundamentalmente erróneo. Una economía en la que la mayoría de los ciudadanos van de mal en peor año tras año -una economía como la de los USA- no es probable que vaya bien en el largo plazo. Hay varias razones para esto.

En primer lugar, la creciente desigualdad es la otra cara de otra cosa: cada vez que disminuye la igualdad de oportunidades significa que no estamos usando algunos de nuestros más valiosos activos, nuestra gente, de la manera más productiva posible. En segundo lugar, muchas de las distorsiones que conducen a la desigualdad, tales como las relacionados con el poder de monopolio y el tratamiento fiscal preferencial para los intereses especiales, socavan la eficiencia de la economía. Esta nueva desigualdad va a crear nuevas distorsiones, que socavan aún más la eficiencia. Para dar sólo un ejemplo: ahora muchos de nuestros jóvenes de más talento, atraídos por los beneficios astronómicos, se quieren dedicar a las finanzas en lugar de inclinarse por campos que conducen a una economía más productiva y saludable.

En tercer lugar, y quizás más importante, una economía moderna requiere “acción colectiva”. Es decir, un gobierno que invierta en infraestructuras, educación y tecnología. Los Estados Unidos y el mundo se han beneficiado enormemente de la investigación patrocinada por el gobierno que condujo a Internet, a los avances en salud pública, y así sucesivamente. Pero Estados Unidos ha sufrido durante mucho tiempo una falta de inversión en infraestructuras (ver el estado de nuestras carreteras y puentes, nuestros ferrocarriles y aeropuertos), en investigación básica, y en la educación en todos los niveles. Y nos esperan recortes adicionales en estas áreas.

Nada de esto debería ser una sorpresa, es simplemente lo que sucede cuando la distribución de la riqueza de una sociedad llega a ser tan desigual. Cuanto más se divide una sociedad dividida en términos de riqueza, más reacios se vuelven los ricos a gastar dinero en las necesidades comunes. Los ricos no necesitan confiar en el gobierno para disfrutar de parques o de educación, o de atención médica, o de personal de seguridad: todo eso lo pueden comprar por sí mismos. En el proceso, se vuelven más distantes de la gente común, y se pierde la empatía que alguna vez pudo haber existido. También les preocupa un gobierno fuerte, porque podría utilizar su poder para ajustar el balance, tomar algo de su riqueza, e invertir en el bien común. El 1% superior puede quejarse del tipo de gobierno que tenemos en América, pero la verdad es que les gusta: demasiado paralizado para volver a distribuir, demasiado dividido como para hacer otra cosa que bajar los impuestos.

Los economistas no están seguros sobre cómo explicar la creciente desigualdad en Estados Unidos. El recurso al papel tradicional de la oferta y la demanda sin duda ha desempeñado un papel: las tecnologías que ahorran trabajo han reducido la demanda de mucha clase media y trabajadores “buenos”. La globalización ha creado un mercado en todo el mundo, enfrentando trabajadores no cualificados de América con los trabajadores no cualificados y más baratos en el extranjero. Los cambios sociales también han desempeñado su papel -por ejemplo, la disminución de la sindicación, que una vez representó a un tercio de los trabajadores estadounidenses y ahora sólo representa alrededor del 12%.

Pero una gran parte del motivo que tenemos para tanta desigualdad es que el 1% de la población lo quiere de esa manera. El ejemplo más obvio se refiere a la política fiscal. La reducción de los tipos impositivos sobre las ganancias del capital, que es como los ricos reciben una gran parte de sus ingresos, ha dado a los estadounidenses más ricos la posibilidad de no pagar casi nada. Los monopolios y los oligopolios siempre han estado cerca de una fuente de poder económico –desde John D. Rockefeller a principios del siglo pasado a Bill Gates en la actualidad. Una aplicación laxa de las leyes antimonopolio, especialmente durante las administraciones republicanas, ha sido una bendición para el 1% más rico. Gran parte de la desigualdad de hoy se debe a la manipulación del sistema financiero que ha cambiado las reglas, que ha comprado y pagado la industria financiera, y que ha resultado ser una de sus mejores inversiones. El gobierno presta dinero a las entidades financieras a un tipo de interés de prácticamente el 0% y les rescata con generosidad, en condiciones favorables, cuando todo lo demás ha fallado. Los reguladores hacen la vista gorda a la falta de transparencia y a los conflictos de intereses.

Cuando nos fijamos en el volumen de riqueza controlada por el 1% en este país, es tentador ver nuestra creciente desigualdad como un éxito esencialmente estadounidense: empezamos muy por detrás de la manada, pero ahora nuestra desigualdad está al nivel de los primeros de la clase a escala mundial. Y parece que vamos a mantener este logro en los próximos años, porque lo que lo hizo posible se refuerza a sí mismo. La riqueza engendra el poder, que genera más riqueza. Durante el escándalo de ahorros y préstamos de la década de 1980 (un escándalo cuyas dimensiones, para los estándares de hoy, parece casi pintoresco) el banquero Charles Keating fue interrogado por un comité del Congreso si con los 1.5 millones de dólares que había repartido entre unos pocos funcionarios clave, podría haber comprado influencias. “Eso espero”, respondió. El Tribunal Supremo, en su reciente caso de los Ciudadanos Unidos, ha consagrado el derecho de las empresas a comprar el gobierno, mediante la eliminación de limitaciones en los gastos de campaña. Lo personal y lo político están hoy en día en una alineación perfecta. Prácticamente todos los senadores de los EE.UU., y la mayoría de los representantes en la Cámara, ya son miembros de la parte superior del 1% cuando llegan, se mantienen en el cargo con el dinero de la parte superior del 1%, y saben que si sirven al 1% van a ser recompensados por el 1% cuando salgan de la oficina. En general, los políticos clave del ejecutivo en comercio y la política económica también vienen de la parte superior del 1 por ciento. No debería extrañar por tanto que las compañías farmacéuticas reciban un billón de dólares de regalo al aprobarse la legislación que prohíbe al gobierno, el mayor comprador de medicamentos, negociar a la baja el precio de los mismos. No debería ser motivo de asombro. Ni debería dejarnos con la boca abierta que el Congreso no pueda legislar sobre impuestos a menos que signifiquen grandes recortes de impuestos para los ricos. Dado el poder de la parte superior del 1%, ésta es la forma que se puede esperar que el sistema funcione.

La desigualdad en los Estados Unidos distorsiona nuestra sociedad en todos los sentidos imaginables. Hay, por un lado, un bien documentado estilo de vida de la gente que forma parte del 1%, y que cada vez vive más allá de sus posibilidades. La economía del “trickle-down” (efecto goteo) puede ser una quimera, pero el conductismo que provoca puede ser muy real. La desigualdad masiva distorsiona nuestra política exterior. El 1% no suele servir en las fuerzas armadas -la realidad es que el Ejército de voluntarios no paga lo suficiente para atraer a sus hijos e hijas, y con el patriotismo no va muy lejos. Además, la clase más adinerada no siente el pellizco del aumento de impuestos cuando la nación va a la guerra: con el dinero prestado ya se pagará todo. La política exterior, por definición, trata del equilibrio entre los intereses nacionales y los recursos nacionales. Si quien decide es el 1% de la población que no paga ningún precio, la noción de equilibrio y moderación se va por la ventana. No hay límite a las aventuras que pueden llevar a cabo, y las empresas y contratistas sólo pueden ganar. Las reglas de la globalización económica están también diseñadas para beneficiar a los ricos: fomentan la competencia entre países para los negocios, con lo que argumentan se deben disminuir los impuestos de sociedades, debilitar la protección en salud y medio ambiente, y socavar lo que solía ser visto como derechos laborales “fundamentales”, que incluyen el derecho a la negociación colectiva. Imagínense lo que podría suceder si las normas se diseñaran a favor de los trabajadores. Los gobiernos competirían por prestar seguridad económica, bajos impuestos sobre los salarios ordinarios, buena educación, y un medio ambiente adecuado… Todas esas cosas que preocupan a los trabajadores…. Pero el 1% que manda no lo considera necesario.

O, más exactamente, piensan que no es necesario. De todos los costos impuestos a nuestra sociedad por el 1%, quizás el más grande sea ese: la erosión de nuestro sentido de identidad, en el que el juego limpio, la igualdad de oportunidades y un sentido de comunidad son tan importantes. América siempre se ha enorgullecido de ser una sociedad justa, donde todos tienen la misma probabilidad de salir adelante, pero las estadísticas indican lo contrario: las posibilidades de un ciudadano pobre, o incluso a un ciudadano de clase media, de ascender en la escala social, son en Estados Unidos mucho menores que en muchos países de Europa. No tienen buenas cartas. Es este sentido de un sistema injusto, sin oportunidades, lo que ha dado lugar a los levantamientos en el Medio Oriente: el aumento de precios de los alimentos y el desempleo juvenil creciente y persistente simplemente son los detonantes. Con el desempleo juvenil en los Estados Unidos en torno al 20% (y en algunos lugares, y entre algunos grupos socio-demográficos, del doble), con uno de cada seis estadounidenses que desean un empleo a tiempo completo sin poderlo conseguir, con uno de siete estadounidenses con bonos de comida (y al mismo número que sufren “inseguridad alimentaria”), existe una amplia evidencia de que alho ha bloqueado la tan cacareada economía de “trickle down” (efecto goteo) desde el 1% superior hacia el resto. Todo esto está teniendo el efecto previsible de disminuir la participación de los votantes de 20 años que en las últimas elecciones se situó en un 21%, comparable a la tasa de desempleo.

En las últimas semanas hemos visto a millones de personas en las calles protestando por las condiciones políticas, económicas y sociales y las condiciones de opresión de las sociedades que habitan. Han sido derribados los gobiernos de Egipto y Túnez. Han estallado protestas en Libia, Yemen y Bahrein. Las familias gobernantes en otras partes de la región se preguntan con nerviosismo desde sus áticos con aire acondicionado si van a ser las próximas en caer. Tienen razón para preocuparse. Estas son las sociedades en las que una fracción minúscula de la población -menos del 1%- controla la parte del león de la riqueza; donde la riqueza es un determinante fundamental del poder; donde la corrupción arraigada es una forma de vida, y donde los más ricos se oponen de forma activa a políticas que podrían mejorar las condiciones de vida de las personas.

Al observar el fervor popular en las calles, podríamos preguntarnos ¿cuándo va a llegar a los Estados Unidos? En muchos sentidos, nuestro país se ha convertido en uno de esos lugares distantes, que tienen serios problemas.

Alexis de Tocqueville, describió lo que entendía como genio peculiar de la sociedad estadounidense como “egoísmo bien entendido”. Las dos últimas palabras son la clave. Todo el mundo es egoista: ¡quiero lo que es bueno para mí, ahora mismo! Pero el egoísmo “bien entendido” es diferente. Significa que reconoce que prestar atención al interés de los demás -es decir, al bien común- es de hecho una condición previa para el propio bienestar. Tocqueville no venía nada noble ni idealista en ello, sino más bien sugiere lo contrario. Se trata de una muestra del pragmatismo americano. Los estadounidenses astutos entendieron un hecho fundamental: mirar por los otros no sólo es bueno para el alma: es bueno para los negocios.

El 1% de la población tiene las mejores casas, la mejor educación, los mejores médicos, y los mejores estilos de vida. Pero hay una cosa que el dinero no parece haber comprado: el entendimiento de que su destino está ligado a cómo vive el 99% restante de la población. A lo largo de la historia, esto es algo que el 1% aprende con el tiempo. Demasiado tarde.

Fuente: http://puntsdevista.wordpress.com/2011/04/13/joseph-stiglitz-del-1-por-el-1-para-el-1/.

Joseph Stiglitz: La globalización de la protesta (Project Syndicate)

NUEVA YORK – El movimiento de protesta que nació en enero en Túnez, para luego extenderse a Egipto y de allí a España, ya es global: la marea de protestas llegó a Wall Street y a diversas ciudades de Estados Unidos. La globalización y la tecnología moderna ahora permiten a los movimientos sociales trascender las fronteras tan velozmente como las ideas. Y la protesta social halló en todas partes terreno fértil: hay una sensación de que el “sistema” fracasó, sumada a la convicción de que, incluso en una democracia, el proceso electoral no resuelve las cosas, o por lo menos, no las resuelve si no hay de por medio una fuerte presión en las calles.

En mayo visité el escenario de las protestas tunecinas; en julio, hablé con los indignados españoles; de allí partí para reunirme con los jóvenes revolucionarios egipcios en la plaza Tahrir de El Cairo; y hace unas pocas semanas, conversé en Nueva York con los manifestantes del movimiento Ocupar Wall Street. Hay una misma idea que se repite en todos los casos, y que el movimiento OWS expresa en una frase muy sencilla: “Somos el 99%”.

Este eslogan remite al título de un artículo que publiqué hace poco. El artículo se titula “Del 1%, por el 1% y para el 1%”, y en él describo el enorme aumento de la desigualdad en los Estados Unidos: el 1% de la población controla más del 40% de la riqueza y recibe más del 20% de los ingresos. Y los miembros de este selecto estrato no siempre reciben estas generosas gratificaciones porque hayan contribuido más a la sociedad (esta justificación de la desigualdad quedó totalmente vaciada de sentido a la vista de las bonificaciones y de los rescates); sino que a menudo las reciben porque, hablando mal y pronto, son exitosos (y en ocasiones corruptos) buscadores de rentas.

No voy a negar que dentro de ese 1% hay algunas personas que dieron mucho de sí. De hecho, los beneficios sociales de muchas innovaciones reales (por contraposición a los novedosos “productos” financieros que terminaron provocando un desastre en la economía mundial) suelen superar con creces lo que reciben por ellas sus creadores.

Pero, en todo el mundo, la influencia política y las prácticas anticompetitivas (que a menudo se sostienen gracias a la política) fueron un factor central del aumento de la desigualdad económica. Una tendencia reforzada por sistemas tributarios en los que un multimillonario como Warren Buffett paga menos impuestos que su secretaria (como porcentaje de sus respectivos ingresos) o donde los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.

Se han publicado en estos últimos años diversas investigaciones que muestran lo importantes que son las ideas de justicia y lo arraigadas que están en las personas. Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan. Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante.

El aumento de la desigualdad es producto de una espiral viciosa: los ricos rentistas usan su riqueza para impulsar leyes que protegen y aumentan su riqueza (y su influencia). En la famosa sentencia del caso Citizens United, la Corte Suprema de los Estados Unidos dio a las corporaciones rienda suelta para influir con su dinero en el rumbo de la política. Pero mientras los ricos pueden usar sus fortunas para hacer oír sus opiniones, en la protesta callejera la policía no me dejó usar un megáfono para dirigirme a los manifestantes del OWS.

A nadie se le escapó este contraste: por un lado, una democracia hiperregulada, por el otro, la banca desregulada. Pero los manifestantes son ingeniosos: para que todos pudieran oírme, la multitud repetía lo que yo decía; y para no interrumpir con aplausos este “diálogo”, expresaban su acuerdo haciendo gestos elocuentes con las manos.

Tienen razón los manifestantes cuando dicen que algo está mal en nuestro “sistema”. En todas partes del mundo tenemos recursos subutilizados (personas que desean trabajar, máquinas ociosas, edificios vacíos) y enormes necesidades insatisfechas: combatir la pobreza, fomentar el desarrollo, readaptar la economía para enfrentar el calentamiento global (y esta lista es incompleta). En los Estados Unidos, en los últimos años se ejecutaron más de siete millones de hipotecas, y ahora tenemos hogares vacíos y personas sin hogar.

Una crítica que se les hace a los manifestantes es que no tienen un programa. Pero eso supone olvidar cuál es el sentido de los movimientos de protesta. Son ellos una expresión de frustración con el proceso electoral. Son una alarma.

Las protestas globalifóbicas de 1999 en Seattle, en lo que estaba previsto como la inauguración de una nueva ronda de conversaciones comerciales, llamaron la atención sobre las fallas de la globalización y de las instituciones y los acuerdos internacionales que la gobiernan. Cuando los medios de prensa examinaron los reclamos de los manifestantes, vieron que contenían mucho más que una pizca de verdad. Las negociaciones comerciales subsiguientes fueron diferentes (al menos en principio, se dio por sentado que serían una ronda de desarrollo y que buscarían compensar algunas de las deficiencias señaladas por los manifestantes) y el Fondo Monetario Internacional encaró después de eso algunas reformas significativas.

Es similar a lo que ocurrió en la década de 1960, cuando en Estados Unidos los manifestantes por los derechos civiles llamaron la atención sobre un racismo omnipresente e institucionalizado en la sociedad estadounidense. Aunque todavía no nos hemos librado de esa herencia, la elección del presidente Barack Obama muestra hasta qué punto esas protestas fueron capaces de cambiar a los Estados Unidos.

En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importe sean las personas en vez del dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.

Ambos objetivos están vinculados: ya hemos visto cómo la desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados solo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses de todos, no los intereses del 1%. El mejor gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.

2011-11-04
Joseph E. Stiglitz es profesor de la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía y autor del libro Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial.
Fuente: http://www.project-syndicate.org/commentary/stiglitz144/Spanish.
Copyright: Project Syndicate, 2011.
www.project-syndicate.org
Traducción: Esteban Flamini.

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